BAENENSE, TRINITARIO EN ROMA,
UNA VIDA DE ENTREGA AL PROJIMO

Apenas cumplidos los 52 años se presentó ante el Señor. Una vida corta en el tiempo, pero larga en frutos, vivida intensamente, sobre todo de entrega hacia los demás. De la relevancia de su figura, del cariño y respeto profesado hacia el hace constancia una larga y extensa necrológica el día 9 de febrero de 1866, publicada en el periódico de corte monárquico “LA ESPERANZA”. En ella hace un breve pero detallado resumen de la vida Padre Diego, nos confirma Baena como su lugar de nacimiento, el día 11 de noviembre de 1813, sus primeros estudios en Baena dirigido por el presbítero D. Manuel de Castro, su traslado a Granada a los 15 años para abrazar la Orden y vestir el hábito Trinitario y su posterior traslado a Sevilla. También recoge las visitudes sufridas a partir de 1834 en que se ve obligado a abandonar el convento sevillano, (en este año comienza la desamortización de Mendizabal y Espartero, en la que fueron enajenados todos los bienes de la iglesia, amen de la disolución de todas las ordenes religiosas). Motivado por ello vuelve a Baena, demostrando durante su estancia en ella la fuerza de su Fe.

Sigue la narración contandonos su viaje a pie a Roma, y su ordenación como sacerdote en 1838, siendole confiado gracias a su carácter y trabajo varios cargos de importancia como los de, ministro del convento, Procurador General de la Orden, Consultor de la Sagrada Orden Propaganda Fide, (Congregación encargada de organizar toda la actividad misionera de la Iglesia), alcanzó tambien el honor de tener asiento en las Sagradas Funciones de la Capilla Pontificia. Pero sin duda, a tenor de lo publicado en la necrológica, nada le reparó mas satisfacciones que el trabajo que desarrolló en la Santa Infancia, gran obra benéfica de la Iglesia fundada en 1843 por Monseñor Forbin Janson Obispo de Nancy, con las bendiciones del Papa Pio IX en 1846, nombrando a nuestro insigne Baenense Padre Diego Secretario General de la Santa Infancia en Italia, puesto desde donde incansablemente trabajó para recabar medios y fondos para sacar de la miseria a tantos y tantos niños.

Aun con tanta tarea designada, sacaba tiempo para visitar, ayudar y practicar la caridad con todos aquellos menestorosos y necesitados de Roma, por lo que su muerte fue un gran golpe para la ciudad de Roma, sentida desde los mas altos dignatarios de la Iglesia, hasta el más humilde y sencillo pueblo.

A continuación publicamos el articulo original y la transcripción del mismo, recomendando su lectura para y así recuperar y recordar a tan notable paisano.

Juan Carlos Roldan.

Cabecera del periodico

Parte 1

Parte 2

Parte 3

Parte 4

Parte 5

Transcripción:

NECROLOGIA

Eran las siete de la mañana del 15 de enero del presente año de 1866, cuando la respetable comunidad española de los muy Rdos. PP. Trinitarios, de la primitiva Orden, se hallaba sumida en la mas profunda pena y aflicción; la inesperada muerte ysensible pérdida del que era ministro del convento y Procurador General de la Orden habia sorprendido a todos los religiosos; ¡en vano buscaban, en vano llamaban a su superior! ¡Dios lo habia llamado a si! ¡Solo los mortales restos del muy reverendo P. Fr. Diego Burrueco y Melendo podian mirar y conservar! Cual chispa eléctrica corrió por toda Roma tan infausta nueva, y cien y cien familias lloraban sin consuelo la irreparable pérdida del que fue por mas de cinco lustros su padre, su consuelo, su director y su apoyo: las comunidades todas, así del uno como del otro sexo, se unian al justo sentimiento que afligia a los ilustres hijos de los esclarecidos Juan de Mata y Félis de Valois.

Semper sibi constans.

En estas pocas palabras puede resumirse la vida toda y las apóstolicas acciones del infatigable sacerdote y respetable religioso, que rompiendo con ánimo varonil los lazos de la familia y de la patria, y venciendo al mundo con todos sus atractivos, buscó la paz del santo claustro; y cuando la Revolución derribaba los conventos donde se encerraba y crecia con admiración y asombro general la virtud, ciencia y santidad, no se intimidó; salió fuera de su patria; La Ciudad Santa lo recibió gustosa en su seno; el Santo Padre, de imperecedera memoria, Gregorio XVI, lo bendijo, y él, agradecido y fiel a su vocación santa, por el bien de Roma y el de la Iglesia en general, hasa su muerte sin descansó trabajó.

Habia nacido el P. Diego el 11 de noviembre de 1813; era su patria la antigua ciudad de Baena, del reino hoy provincia de Córdoba, en Andalucía: hizos sus primeros estudios en el mismo lugar de su nacimiento, bajo la dirección del sabio y celoso presbítero D. Manuel de Castro. Desde muy joven manifestó su inclinación de ofreceserse al Señor; verificolo cuando apenas contaba quince años de edad, recibiendo el santo hábito de la Orden de la Santísima Trinidad, en Granada: concluido el noviciado, hizo los estudios de filosofía; y habiendo empezado la teología, fue enviado al ilustre convento que en Sevilla tenia la Orden; en él prosiguió los estudios, y a poco los superiores lo presentaron para el subdiaconado. La Revolución que hacia a tiempo iba amenazando la paz de España y a la tranquilidad que en el claustro se disfrutara, de repente estendió su negro manto, envolviendo en él a mil y mil víctimas, causando, por desgracia, transtornos y males que la historia jamás podrá bastante apreciar. Si el P. Diego se vió arrancado de su convento, ni la Revolución, ni ninguno de sus partidarios consiguió despojarlo del santo hábito: Baena lo vió con admiración vestir el hábito religioso públicamente despues de los tristes sucesos de 1835; pero el corazon de nuestro invencible padre no hallaba descanso fuera de su convento: !ni uno solo quedaba abierto en toda la Península! Por esto, despues de haber recibido el diaconado salió de España, a pesar de todas las dificultades que se le presentaron, y a pie, sin contar casi con recursos, animado de su ardiente fe y sostenido por su constante amor hacia la vocación a que Dios lo llamara, acompañado tan solo de otro religioso, amigo suyo, de la ínclita Orden de Santo Domingo; se dirigió a Roma pasando por Marsella, Niza, Génova y Florencia. Llegado a su convento de Roma, continuó los estudios y mereció recibir el sacerdocio en 1838. Desde este año puede considerarse ya el principio de las tareas apostólicas que con constancia y sin cansarse nunca desempeñó hasta el último momento de su vida. Los límites de una simple necrología no permiten reseñar una por una, y ni aun largamente en general, las obras, acciones y empresas de que es capaz un hombre religioso, amante de su vocación y enteramente entregado al Señor, cuando se dedica al bien de sus hermanos. El P. Diego pensaba ofrecer su vida y emplear sus trabajos en las misiones que el Catolicismo tiene en los paises de infieles; gustoso ofreció al Señor el sacrificio de permanecer en la Ciudad Santa para continuar en el ministerio al lado de sus hermanos de religion: !y en ella cuanto bien hizo¡ Eran innumerables, decia sobre su mismo sepulcro uno de los Prelados mas notables de la corte pontificia, las familias que acudian al P. Diego en todas sus necesidades; jamás ninguno se separó de él desconsolado. Miraba el bien del prójimo con tanto interes, decia otra persona de alto nacimiento, como si fuese suyo propio, y lo hacia todo con tanto cuidado como si no tuivera otro quehacer. ¡Y si tenía! Porque desde la mañana muy temprano que se levantaba para la oracion, diciendo luego la santa misa, permanecia en el confesionario hasta el medio día: por la tarde, todo el tiempo que sus santas reglas le permitían estar fuera del convento, lo pasaba, o ya asistiendo a los enfermos, o ya consolando a las familias pobres y necesitadas, dándoles sabios consejos y distribuyéndoles las limosnas que para ellas obtenía. Una vez que el buen P. Diego se hallaba ocupado en uno de esos ejercicios de caridad, se presentó el Santo Padre Pio IX a visitar, cuando menos se esperaba, al enfermo, junto al cual no se veia otra persona que nuestro digno trinitario. Bien, bien, dijo el Santo Padre sonriéndose: así me gusta ver ocupado al P. Diego. No solamente los romanos hallaban en él su refugio, apoyo y consuelo, sino todo el que acudía a él, de cualquiera nacion que fuese, podia estar seguro de hallar un verdadero padre e incansable protector; de un modo especial es muy notable, y perpetuará para siempre en su memoria, lo que hizo y trabajó en favor de los muchísimos españoles que, en virtud de la persecucion cruel que sufrió el Episcopado español por los años de 1840, 41 y 42, tenian que pasar a Roma para recibir las sagradas órdenes. La Revolución que, cubierta con el manto de la demagogia, tuvo la audacia de sentarse sobre el Capitolio, arrojar de la Ciudad Santa al esclarecido Pio IX y hacer innumerables víctimas entre las comunidades religiosas, cubriendo de sangre las calles de la Ciudad Enterna, no intimidó ni mucho menos veció el varonil ánimo de nuestro P.: tuvo que vivir fuera de su convento, estar separado de sus queridos hermanos, ocultar bajo un secular traje el santo hábito de su religion, pero no dejó el ministerio: todos los dias, disfrazado, iba a la iglesia de su convento a celebrar el divino sacrificio, y consolar a todos los que en ella le aguardaban; sin miedo ni temor alguno acudia a los enfermos y heridos que le llamaban; siempre fiel, siempre constante en manifestarse verdadero ministro del Dios de paz y de amor. Llevado del piadoso deseo de visitar los Santos Lugares, salió de Roma, y se dirigió a Jerusalen a principios de 1854: este viaje le fue sumamente útil y provechoso, no solamente para su espíritu y el de las muchísimas personas que Dios habia puesto bajo su dirección, sino tambien para los grandes ministerios que pronto debian confiársele.

La benéfica y celestial Obra que Dios se dignó inspirar al venerable Mons. Forbin Janson, dignísimo Obispo de Nancy, y que, con el nombre de Santa Infancia , fue anunciada al mundo y enriquecida de gracias e indulgencias por el augusto Vicario de Jesucristo, buscó en Roma la sombra de la primera Orden que la iglesia tuvo con el nombre de Redentoristas . No disgustó al Santo Padre tan bella idea; antes al contrario, la bendijo y protegió: inútil es decir con el placer que los dignos hermanos del Beato Simon de Rojas recibieron tan noble y santa Obra. Desde luego el P. Diego fue designado para secretario general de la Santa Infancia en Italia, cargo que desempeñó hasta su muerte. Esta nueva ocupación, si bien aumentó sobremanera los trabajos de nuestro P. , no pudo, empero, ni debilitar su celo, ni aminorar su caridad. Si millares de millares de niños, salvados en la China, tienen la dicha de ver y gozar de Dios en el Cielo, en virtud de los sacrificios, trabajos y fatigas con que el P. Diego consiguió recursos para ayudar a los misioneros que en salvarlos allá se ocupan, nadie pudo quejarse; ¡ah! no, nadie se quejó de que el P. mirase con menos interes su bien temporal y eterno. Se veia que su corazon entonces mas gozaba, cuanto mas se aumentaban sus atenciones y trabajos. Estos no eran desconocidos del Santo Padre, y le manifestó su aprecio, nombrándole consultor de la Sagrada Congregacion de Propaganda fiide: era esto en 1858. Su convento lo eligió por su ministro, y poco después fue hecho Procurador general de la Orden, con el honor de tener asiento en las sagradas funciones de la Capìlla Pontificia. En esa época fue cuano el nombre del P. Diego llegó a Mejico lleno de bendiciones. Los ilustres Prelados, a quienes la Revolución echara de su amada patria y de sus queridas iglesias, los personajes esclarecidos a los cuales un injusto destierro alejaba del cariño que solo se encuentra en el seno de la familia, todos, todos vieron y apreciaron en nuestro P. las virtudes que quedan indicadas. De aquí el deseo y empeño en querer que fuese a aquel pais, desgraciado hoy, y digno por cien títulos de mejor suerte; de aquí el que todos los que de Méjico iban a Roma fueses recomendados por los Obispos al buen P. Diego. Pero la naturaleza no pudo resistir a tantas fatigas y no ininterrumpidas tareas. Un fuerte ataque que esperimentó antes de Navidad del año próximo pasado, le anunció que era necesario moderarse en sus ocupaciones y trabajos. El primer dia del presente año de 66 manifestó bien el espíritu y virtud que le animaban. Cuando se presentó al Rmo. P. Superior Vicario general de la Orden para felicitarle el año nuevo, con humildad le pidió se dignara decirle lo que creyese debia hacer para su bien y adelanto en la virtud. El amable P. General le dijo que creia conveniente para su salud el que moderara sus trabajos y tomase algun descanso. Agradecido nuestro. P. A tan caritativo aviso, se dispuso para sujetarse a el; pero ¡ay! era ya tarde. El 6 volvió a tener otro ataque, mas por esto no faltó ni en celebrar la santa misa, ni en confesar y dirigir, ni en continuar su Obra de la Santa Infancia. El 9, estando en esa última ocupación, le dió un pequeño insulto. Vuelto en sí, continuó su trabajo, y habiéndole dicho su sobrino que con él estaba por qué no descansaba, le contestó: Conviene arreglarlo todo por si me muero. En los dias 10 y 11 pudo aun decir la santa misa en la iglesia del convento. El 12 y 13 tuvo que celebrar en el altar del coro, que estaba junto a su celda. El 14 no tuvo este consuelo: por la noche pidió el santo rosario. El 15, a las siete de su mañana, infinidad de niños salvados por medio de la Santa Infancia, en unión de los ángeles custodios y una innumerable multitud de bienaventurados que sobre la tierra no tuvieron a otro padre ni otro director que al P. Diego, acompañaban su alma a la presencia de Dios. Sus hermanos de religión, postrados en tierra, rogaban al Señor por su eterno descanso: la iglesia de los trinitarios se veia llena de penitentes y penitentas que con fervor dirigian al cielo su oracion, pidiendo por el P. que tanto trabajara por su bien. Muchos Prelados de la curia romana, junto al humilde féretro, sus lágrimas de afliccion y pena derramaba. La muerte de nuestro buen P. fue sumamente sentida en toda la Ciudad Santa.

El 16 por la tarde la comunidad toda rezó solemnemente el oficio de difuntos. El 17 se veia elevado en medio de la iglesia el féretro descansando sobre un catafalco: diez grandes cirios ardían en su alrededor; desde muy temprano empezaron las misas, que fueron celebrándose durante toda la mañana. A las nueve de la misma empezó una solemne vigilia, a la que siguió la misa cantada. Los Rdos. P.P. Procuradores generales de todas las Ordenes religiosas, el rector y capellanes de la nacional y real iglesia española, todos los religiosos y sacerdotes españoles residentes en la Ciudad Santa y un gran número de fieles llenaban el templo, formando el cortejo fúnebre, que era presidido por un íntimo amigo del finado, el Excmo. monseñor Marcial de Avila, auditor de la sagrada Rota romana por España, y del muy Rdo. P. M. Fr. Antonio Martin de Bienes, Superior Vicario general de la Orden primitiva de la Santísima Trinidinad

Fueron sepultados sus restos en el panteon que la comunidad tiene debajo de la iglesia del convento.

Dígnese el Señor oir las súplicas de todos los que por amistas o gratitud se dirigen a su misericordioso trono pidiendo por su tierno padre, fiel amigo y constante protector.–R.I.P.A.